viernes, 21 de julio de 2023

Roja Burdeos

 Mary cayó dormida entre lágrimas en el sofá, puse sus pies en alto, le quité las botas, la tapé con un edredón. La calefacción se apagaba cada noche a las 23.30h, pero todavía mantenía la temperatura de la habitación, y al día siguiente era sábado. Le dí un beso en la frente y musitó un "te quiero" de exaltación de la amistad. Me fui a la cama e intenté dormir. Soñé con mi primera noche en Burdeos, ella abrazada a mi, su cabeza en mi pecho, llorando por el mismo hombre, borracha de cerveza en vez de vino. Aquel fin de semana puede describirse como uno de los más surrealistas de mi vida, sobre todo visto en perspectiva, porque ya no creo en la amistad entre hombre y mujer, y porque los amigos que allí me presentó -muy activos políticamente- luego se fueron a vivir a chalets con jardín, nada que ver con el pueblo. Gente que compraba la edición internacional de El País en un quiosco para pasear por la Rue de San Catherine en una bicicleta de titanio cuyo valor superaba los mil Euros y dárselas de modernos. En Francia tienen un termino para ellos: Rojos caviar. 

Y a Mary le encantó: Le encantó la decadencia del colegio mayor, que literalmente se caía a pedazos, le encantó la biblioteca Blaise Pascal, que estaba enfrente, donde se codeaba con los futuros mejores científicos del mundo. Le encantó montar en bici, mientras su viejo Citröen se oxidaba y llenaba de bollos por culpa del granizo en el aparcamiento. Le encantó besar a otras mujeres (tunecinas y embarazadas) en los labios, simplemente por complicidad, no por sexo. Y sobre todo, le encanto ser popular: Todo el mundo la buscaba para mil actividades que nada tenían que ver con el doctorado. Por fín estaba siendo universitaria de verdad, se estaba divirtiendo, estaba experimentando, aunque fuera con casi veintisiete años. Estaba descubriendo la libertad sin padres, y una vez la probó no quiso volver a su casa. El domingo siguiente sus amigos tenían planeada una excursión al campo con sorpresa: Setas. Así que mientras Mary y yo comíamos unas lentejas cocinadas con mimo por un servidor, sus amigos corrían colina arriba y abajo como si estuvieran reviviendo un fin de semana de los sesenta, la diversión no duró mucho: Uno de sus amigos tropezó con una piedra ladera abajo y se abrió la cabeza, en el sentido más literal del término. Fue una premonición de su muerte, pocos años después, en un accidente de tráfico. 

Pero suele pasar, que ese tipo de amistades (Campamentos, Servicio Militar, Verano) sacadas de su contexto resultaban imposibles de gestionar: Hay amistades que van unidas a un momento y a un lugar, sobre todo donde nadie te conoce y puedes aparentar ser quien no eres. Al volver a Madrid Mary intentó quedar con ellos algún sábado por la noche: Esta vez ya vistiendo con estilo, maquillada, con tacones. Yo la acompañé, fuimos a la Isla del Tesoro y pusieron cara de asco, pero nada como ver la cara de la chica de la puerta del Fortuny, que los miró como si fueran extraterrestres (más por la falta de higiene que por la vestimenta) ellos no entendieron lo de pagar la entrada y el de seguridad los acompañó amablemente a la puerta. Mary me miró, los miró y dijo "Os llamo, a ver si quedamos otro día" acompañando sus palabras de un gesto con la mano, por si no quedaba claro a la vez que me ponía su brazo en mi cintura y entrábamos donde nos llamaban por nuestro nombre. Se río, me dió un beso pijo en la mejilla -sólo uno- y me dijo "Te quiero". Yo asentí con la cabeza. Era un te quiero de complicidad, un te quiero de ellos allí y nosotros aquí. Como decía mi padre: Cada uno en su casa y Dios en la de todos. 

martes, 18 de julio de 2023

Mary y Burdeos

Eran las cuatro de la mañana de un sábado. El teléfono sonó y sabía quien era: Sólo podía ser María. 

- No está - dijo, llorando - No está. Y soy imbécil. 

Me rasqué la oreja (María, son las cuatro de la mañana)
- Sí, no está. 
- ¿Por qué mierda echo a ese imbécil de menos? 
- Pues porque sigues enamorada. Vente a casa anda. Te dije que no pasaras la noche sola. ¿Has bebido? 
- ¡Sí!..No. Voy. 

Que el tiempo es algo que nadie puede llegar a comprender del todo quedó resumido en ese instante. Entre su casa y la mía había unos quince minutos andando. Segundos después estaba llamando a mi puerta, sin tocar el timbre, imagino que para no despertar a los vecinos. 

-¿Has traido pijama?- Le pregunté al ver la mochila. 
- Sí, ¿No? Me dijiste que viniera. Si no quieres me voy. 
- No rubia, no es eso. Da igual. 

La luz tenue del salón, permanentemente encendida la atrajo como hacia siempre. Se sentó en el mismo banco del comedor donde siempre, como si fuera su diván donde me contaba sus devenires por la vida. 
Saqué directamente una botella vino de aguja portugués, sin preguntarle, y le puse una copa, esperé a que arrancara. 
- ¿Como estás tú?- Me preguntó. 
- Mary...
- ¡Es que no lo entiendo joder! ¡No lo puto entiendo! ¡Mierda, joder, mierda, joder, joder! - y golpeó la mesa con el puño medio llorando. La copa, ya vacía, amenazó con partirse en mil pedazos. 
- No eres la única - respondí. 

Mary es sin exageración de las mujeres más guapas que he conocido en mi vida. Yo nunca me ví atraido por ella a nivel sentimental -quizás porque la conozco desde pequeña- y siempre la sentí como una hermana. Todo lo buena y todo lo hermosa que puede ser una mujer, pero con poquísima inteligencia emocional, lo cual hacía verdaderamente difícil comprender su comportamiento, sobre todo con los hombres. Su ex-novio -mi amigo- Era simplemente un hombre que no estaba hecho para comprometerse con ninguna mujer, siendo este su principal y único atractivo. Eso y que siempre hacía lo que quería. Había decidido que su futuro eran los Estados Unidos de América y allí estaba. Boston es probablemente lo más parecido a Europa que tiene ese país, pero con otras reglas de juego. Exactamente las que el quería, el riesgo, la novedad que el necesitaba. A quien no necesitaba es a Mary. 

- Estaba pensando hacer el examen de profesora de español. Allí necesitan profesoras de español. 

Me encogí de hombros porque no sabía que responder.  

- Si eso es lo que quieres, te iré a visitar. 
- No es lo que quiero, es que lo quiero. Ahora mismo sólo sufro. 
- Nada de lo que te diga va a hacerte cambiar de idea. Tu decides tu destino Mary. Lo único compra un colchón grande para que quepamos los dos cuando te visite, que en Burdeos estuvimos un poco apretados. 
- Burdeos, que recuerdos - Y se le puso la mirada de los mil metros, recordando. 

Mary sufrió una transformación en Burdeos: de una niña bien que iba maquillada y con zapatos de tacón a la universidad, a no reconocerla el día que me recogió en la estación de la sociedad de caminos de hierro de Burdeos: llevaba una chaqueta militar con la bandera de Alemania, unos pantalones vaqueros muy, muy gastados y una camiseta con insulto. Eligió hacer el doctorado allí, descubrió la libertad y cambió en apariencia, que no en esencia. Dormía en un colegio mayor mixto, y digo dormía porque prácticamente es lo único que hacía allí dentro. La habitación era más bien como un mini estudio bien equipado, y sus vecinas de planta eran mujeres de entre 20 y 25 años, casi todas embarazadas. Probablemente haya sido el lugar más extraño en el que he estado jamás. Dormimos apretados mientras se escuchaban gritos en francés y árabe por los pasillos. 
- Te quiero mucho ¿Sabes? 
- Y yo Mary. Por cierto, a menudo sitio me has traido. 
- ¿El señor prefiere un hotel frente al ayuntamiento? 
-  Descansa Mary - Y la besé en la frente. 

Mary gruñó y me dió un beso en los labios. No era un beso romántico. El beso decía "Gracias por venir, eres mi persona en el mundo" el gruñido decía "Eres pijo pero yo ya no, aquí soy popular" 

El día siguiente era sábado, y llamaron a la puerta como a las diez de la mañana. "Mary, despierta preséntanos a tu novio" -decían en francés, a la vez que se reían- "Alé, que nos han dicho que viste con camisa y todo, enséñanos tu marié bourgeois" 



jueves, 13 de julio de 2023

Silencios no deseados

 Nunca entendí la ausencia de palabras. El silencio ha aparecido en momentos muy concretos de mi vida que necesitaba quietud, desconexión, pero el funeral de Dani no era uno de ellos. Lo más duro de morir siempre es para los que te quieren, eso puso mi padre en la carta de despedida: Su billete sólo llegaba hasta ahí. Y ahí estábamos, en el Tanatorio, donde habitan la tristeza, la inquietud, la zozobra, la angustia. Siempre que he venido a este edificio ha sido por muertes repentinas por diversas causas, donde la gente acaba llorando en el suelo pegada a la pared porque nos resulta muy difícil comprender que la vida y la muerte están entrelazadas, siempre situaciones inesperadas. A todo esto había que sumar la autopsia judicial, el calvario de no saber quien había matado a Dani. El silencio se había apoderado de aquella sala, en la que estábamos pocos, sentados, en silencio. Salí y miré llegar la limusina. Rápidamente un señor alto, compacto y uniformado de negro salió a abrirle la puerta. La acompañó hasta donde nos encontrábamos. Era La Mamma. Porque las madres argentinas son Mammas italianas, en abrazo, en intensidad. Nos fue abrazando uno a uno y a cada uno nos dijo unas palabras. "Fuiste muy bueno con el, te quería mucho" asentí con la cabeza. La amistad de verdad es la adulta, y uno no entiende la fuerza de la misma que reside en una camaradería escrita en otro tiempo: Dani y yo podíamos pasar meses sin vernos y retomar la conversación como si nos hubiéramos visto ayer. Llegaron Raúl y Gema, su mujer. Más abrazos. Vaya, Aquí es donde mi madre...Sí, Raúl, aquí es donde velamos a tu madre, es lo que tiene Madrid, es tan grande que los lugares comunes son siempre los mismos , todos nos conocemos y terminando velando distintos cuerpos en el mismo velatorio. Recuerdo aquel día, ya terminando la adolescencia, cuando me llamaron para darme la noticia que tarde varios minutos en comprender. Por la mañana la vi feliz, avergonzando a su hijo en un abrazo de oso fuerte por su reciente compromiso, a Gema riéndose porque le había tocado una suegra risueña, sencilla, sin muchas vueltas. Horas más tarde llegó la tragedia: Un camionero imbécil jugando con el acelerador se saltó el semáforo. Gema vivía enfrente de Raúl, separados por unos árboles, y la madre siempre le decía "cuando llegue el otoño se caerán las hojas y nos veremos por la ventana". Quizás sea lo más duro de la vida, dejar partir a personas que no lo merecen. 

Dani estaba allí, pero ya no estaba. La ausencia de los muertos en la incredulidad de los vivos. Andrew me preguntaba como estaba cada quince minutos pero sin preguntar. simplemente levantando la cabeza y sonriendo levemente. La vida no es un ensayo, me dijo. Muy británico Andrew. No, hay que gozar la vida, yo no la entiendo de otra manera. 

martes, 11 de julio de 2023

San Carlos de Luba

 



Pese a su cercanía, desde el Sofitel de Malabo hasta el Hospital La paz había unos diez minutos en coche por el tráfico, pues todo está concentrado allí: Los colegios, los hospitales, los pocos locos que han abierto negocios en el país, las embajadas. La vista del Pico Vasile, el volcán que se encuentra en el centro de la isla me recordaba bastante a Tenerife: Mucha vegetación, palmeras, todo verde, niebla matutina)  sino fuera porque la humedad es cercana al cien por cien y porque si salíamos de los coches en cualquier calle fuera del barrio de San Valentín (el barrio de los blancos, lo llamaban) resultábamos una atracción turística. Los carteles y la tipografía de velocidad, de las calles y de las carreteras eran de la época española, y eso te hacía sentirte un poco como en casa. Cuando me entraba miedo por las historias que contaban mis compañeros, o simplemente echaba de menos España intentaba convencer a mi mente que estaba en Tenerife, que en cualquier momento me iba a Puerto de la Cruz a comerme unas papas con mojo.  En la cafetería del hotel cercano al hospital desayunábamos pan con tomate y sal (sin aceite de ningún tipo) un café de bastante calidad (que según decían era de Gabón) y fruta cortada en una bandeja, principalmente piña, guayaba y papaya. Esta última es tan común que prácticamente la regalan. El castellano que hablan los lugareños es de una dicción cercana a la perfección, esto quiere decir que tuve que acomodar la velocidad de mi lenguaje a la suya porque los andaluces, como bien es sabido, hablamos a más revoluciones por minuto, comiéndonos sílabas y finalizaciones de palabras. De lo contrario mi interlocutor ponía cara de susto y sólo era capaz de responder "No entiendo".  

Me explicaron que los emigrantes a aquel país principalmente fueron personas de Castilla la Vieja, la Rioja y del norte de Aragón. Se debieron llevar hasta los profesores. Nuestro conductor se llamaba Pepe (de apellido impronunciable), y su único trabajo ella llevarnos y traernos, trabajo por el cual cobraba diariamente. En Guinea es normal pagar diariamente porque si pagas semanal o mensual es bastante probable que no vuelvas a ver a esas personas más en la vida. Al pagarles por día lo más seguro es que al día siguiente aparezcan. Una vez instalado el software gestión de 1985 en los viejos equipos (para eso nos pagaban)  generalmente volvíamos al hotel.  Un día le pregunté a Pepe si podíamos ir al sur de la isla. Me dijo que podíamos ir, pero sin el. Que a San Carlos de Luba fuera su padre. Le dije que le iba a pagar el triple de lo que le pagábamos diariamente. Al final le pagamos diez veces más, todo fuera por escapar del tedio y el aburrimiento de una isla tremendamente peligrosa. Nada más cruzar el límite de con Bioko Norte nos paró un policía, o eso decía el. Supongo que intuyó que había blancos dentro del coche. Al final y tras mucho negociar con Pepe se conformó con 30.000 Francos CFA. A cambio nos escoltaba con la moto y así de paso echaba el día. Pepe balbuceó algo en fang, que evidentemente ninguno de nosotros entendimos. Por la diferencia fisionómica y el tono entiendo que eran comentarios racistas hacia los bubis. Cuando por fin llegamos a San Carlos de Luba, el mismo policía se ofreció como guía turístico, lo que hizo que Pepe empezara a gritarle y maldecirle en fang. Imagino que por la ley del más fuerte (Pepe era más alto y más musculado) el policía desistió y se fue. Si en Bioko hay poco que hacer, en San Carlos de Luba tampoco sobraban amenidades. Yo tenía curiosidad porque en tiempos de la dictadura su puerto y sus playas eran destino turístico, y así parecía: Había instalaciones hoteleras que parecían haber visto tiempos mejores, una especie como de paseo marítimo bastante descuidado y gente muy amable, que daba por supuesto que eramos americanos (porque para ellos todos los blancos eramos o somos americanos o franceses, que son los dos países que explotan los recursos naturales del país) Tras un pequeño y paseo y un tocar la estatua que conmemoraba que unos locos en 1778 llegarón allí desde Ferrol, emprendimos el viaje de vuelta al hotel. 

jueves, 6 de julio de 2023

Por los hijos hay que agacharse

 La máxima expresión de mi padre, la que no entendí hasta que yo mismo lo fuí fue "Por los hijos hay que agacharse". La frase no es suya: Era de un compañero padre de una amiga mía, indicando que el podía dar mucho más de lo que estaba dando, indicando que mi padre vivía muy bien en comparación con el resto de sus compañeros, pues en la mayoría de ellos entraba un sólo sueldo en casa y además había más bocas que alimentar. Y hasta que no tienes un niño en los brazos que te mira diciendo que eres su persona favorita en el mundo no lo entiendes. La reacción no va proporcionada al abrazo de tu hijo (En el caso del mío todas las mañanas viene a subirse al sofá para darme palmadas en la espalda a modo de saludo mientras disfruto del café) No, la reacción de protección es siempre desproporcionada, como si estuviéramos en una serie distópica donde el orden mundial ha desaparecido y hay miles de peligros. Ni el mundo es tan peligroso ni nuestros hijos son tan tontos. Un año más, por las mismas fechas, las fiebres se enamoran de mi hijo e impiden su correcto descanso, como si poseyeran su espíritu. Es algo que un padre detecta enseguida: Simplemente porque la criatura está quieta más de tres segundos seguidos sin hacer o planear alguna trastada. Yo lo llamo la fiebre de San Fermín. Todos los años desde pequeño lo veía por televisión junto a mi padre, en un simbolismo del comienzo del verano (los momentos más bonitos de mi infancia han sido en verano) junto a un equipo de fútbol de niños correteaba por un chalet a pie de playa que ya no existe. La foto del verano eramos todos delante de los tres coches correspondientes a las tres familias. Mi abuela tenía conejos y gallinas en la parte de atrás del chalet, y una mañana varias jaulas aparecieron roídas, con sangre, piel y plumas a partes iguales. Mi abuela lloró, y mi abuelo, que nunca hablaba, profirió unos insultos al aire. Mientras señalaba unas huellas pequeñitas, como de perrito. Siguió el rastro (no era muy difícil, la verdad) hasta que dió con la madriguera del zorro gris, escondida detrás de una vieja cerca. Lo mató con una escopeta de perdigones y lo dejó al lado de la carretera, entonces de arena. Al día siguiente llamó la Guardia Civil a la puerta. Mi abuelo sacó el carnet de alférez provisional. Los guardias se cuadraron con taconazo, pidieron disculpas y se fueron. Llevábamos más de un lustro en democracia. Era San Fermín.  

lunes, 3 de julio de 2023

Madrid es capaz de lo mejor y de lo peor

Cualquier madrileño ha dicho alguna vez "Madrid me mata" porque esta ciudad es capaz de sacar lo mejor y también lo peor, nuestros aquí al lado son aproximadamente 1,5 kilómetros, tenemos el mejor metro del mundo pero justo cuando vas a trabajar un lunes alguien se tira a la vía y cortan las estaciones anterior y posterior, provocando caos, desconcierto y un efecto mariposa que nadie llega a explicar del todo que hace que media ciudad llegue tarde. Lo importante, siempre decimos, es avanzar, aunque la alternativa suponga andar un poco más o cambiar de medio de trasporte. Porque en Madrid, como te quedes quieto, date por jodido. Dani tenía una palabra favorita que usaba en todo lo referente a Madrid: "Fantástico". El veía un Madrid muy concreto, donde rara vez pasa algo, donde sólo se escuchan las risas de los turistas, los chillidos de los niños en el Parque del Retiro con sus padres desesperados detrás, los opiparos menús del Paraguas, que es básicamente pagar caro un cachopo: La felicidad. Yo le enseñé que hay otro Madrid, el que lleva por vías abandonadas de tranvía a mi universidad, donde todavía están las balas incrustadas de una guerra que parece que no acabó jamás. ¿Y por qué no las quitan? me dijo una vez. Porque si quitas algo, se olvida. Las personas tienen la memoria muy corta, sobre todo para lo que quieren. Esos proyectiles en la fachada de la facultad de Odontología, de Farmacia y de Medicina nos recuerdan que estamos aquí de paso, lo efímero de la vida. Aunque mi abuelo también decía que, como todo en España, ese frente fue un mamoneo tremendo donde por la noche se intercambiaban papel de liar y tabaco y se jugaban partidos de fútbol donde hoy está la salida del metro. La verdad es que después de una semana de combates y de pasar de letras a ciencias, literalmente, el frente llegó a ser tan estable que muchos soldados fueron destinados a otras partes de España. La guerra pillo a toda la comunidad universitaria en pleno traslado de edificios provocando situaciones ridículamente difíciles como el uso del anatómico forense para guardar viandas. Edificios enteros que antes que formar cristianos fueron usados como cubiertas. 

Más adelante, detrás de Plaza de España se montó un barrio peculiar, primero de ex-combatientes y posteriormente de yonquis y personas que no saben responder a la cuarta pregunta porque su oficio es meramente existir, y que terminaron llenando alumnos que venían de todas parte de España y ahora del mundo a disfrutar de nuestras noches, incluso de nuestros atascos de madrugada, algo en lo que Madrid es verdaderamente único. Australianos que fundaron una sala de teatro donde se interpreta a Don Mendo, donde la muerte es una comedia.