"Viva el vino de mi tierra
que a los muertos resucita
viva la mujer que tiene
un novio paracaidista .
Un novio paracaidista
porque somos los más machos
que bebemos vino tinto
y nos tiramos de lo alto.
Nos tiramos de lo alto
sin tener miedo a la muerte
si la seda no se abre
vaya hostia que te metes"
La segunda vez que vi morir a un compañero fue en salto paracaidista en San Gregorio. En las maniobras de la OTAN Nos tiraban a todos los almogávares a la vez sobre aquel descampado gigante y helado, como si fuéramos caramelos el día de reyes. Los Aviocar iban pasando uno detrás de otro y los paracaidas se iban abriendo segundos después de salir por aquella minúscula puerta lateral de manera automática, mientras unos se cagaban y otros vomitaban.
El miedo no desaparece con cada salto, el miedo es el salto.
Una vez abierto, nuestra obligación era disfrutar de las vistas y avisar si veíamos algún compañero con vela romana, por ejemplo.
- ¡CASARRUBIOS! ¡ME CAGO EN TU PADRE! - Grité
- ¡Y yo en el tuyo! - Respondió
- ¡VELA ROMANA, TIRA DEL DE EMERGENCIA!
- ¿QUÉ?
Efectivamente, el paracaidas se le había abierto sólo parcialmente y aquel enano, manchego y desgraciado iba a morir por la patria y por gilipollas.
Varios compañeros le hacían gestos pero el miraba la campana y la veía bien, engañado por el efecto óptico y por la corriente térmica que habíamos pillado, que nos arrastraba meciéndonos lentamente hacia delante. A pesar de eso el iba bajando más rápido que nosotros, y cuando se dió cuenta ya era demasiado tarde. Aterrizó tumbado y murió sin sufrir nos dijo el Sargento Bocanegra. No nos sirvió como consuelo.
El Pater en la misa funeral dijo "Muchos os preguntareís por qué estáis vivos y el no. Para eso no tenemos respuesta. Sólo Dios sabe.."
si la seda no se abre, vaya hostia que te metes.
Hincamos la rodilla en la consagración y nos apoyamos en el fusil para volver a ponernos de pie. Nunca hincamos las dos rodillas, porque somos caballeros.
Los primeros días el silencio y la tristeza es lo único que se oía, y se prolongó hasta que el Cariñena hizo efecto en las almas de los suboficiales. El frío tampoco ayudaba.
A día de hoy sigo llorando al oir la muerte no es el final, cada doce de octubre. Veo a su majestad poner la corona de flores por los caidos por España, escucho la salva de cañones, el raudo vuelo de la patrulla águila, por la muerte de desconocidos que forman parte de mis recuerdos.
Lo siento mucho. Has vivido muchas vidas en una....Llevas una mochila muy pesada a cuestas que solo alguien con tu grandeza de ánimo y de ánima podría levantar. Un abrazo. Desperta ferro.
ResponderEliminarGracias amigo. Desperta Ferro, audaces fortuna juvat!
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