miércoles, 5 de abril de 2017

Disfrutar de la soledad



Dicen que la soledad es mala compañera. Otros dicen que te hace fuerte. Sólo sé que los momentos más felices de mis viajes por el mundo los he vivido solo, y que tras cada escapada volvía a encontrar el amor, un amor distinto al que me había hecho emprender el viaje. Ese dolor en el pecho que me producía ansiedad y me provocaba deseos de huir, se apagaba al tercer día de paseo por Playa Larga. Al tercer día de ver turistas convertidos en cangrejos de río. Al tercer día de la tristeza por ausencia. Entonces resurge la energía en mi interior, como un semidiós que ha vencido una batalla, y está listo para la siguiente. Y cada orgasmo, cada penetración y cada beso se convierte en un bello recuerdo. La soledad es paz, y siento como el calor del sol e imaginarme su cuerpo desnudo sobre las dunas me excita. Sonrío, sabedor de la imposibilidad del acto, del asco de la mayoría de las féminas al sexo dunar. Ante tal negativa siempre respondía lo mismo: ¿Para qué iba el universo a crear una extensión de tierra tan grande como hermosa, sino para llenarla de pasión? Y en ese justo momento de mis pensamientos se levanta una leve brisa que me recuerda que estoy desnudo, a miles de kilómetros de casa, que nadie me conoce, y que mi mente da importancia a cosas que aquí, en este lugar, en este momento, nada importan. Llevo veinte años solo. Ahí es nada. Cuando conviví con distintas parejas también me sentía solo. Supongo que uno se acostumbra, y a veces por equivocación termina poniendo un solo juego de cubiertos cuando no tocaba. El amor era ese hilito que unía dos momentos de pasión en el tiempo, para que no se fuera cada uno por su lado. ¿Veinte años siendo feliz? ¿Veinte años haciendo el canelo? Bueno, interrumpieron mi felicidad, pero en mi recuerdo son momentos tan nimios como granos en un reloj de arena. Sé que lo que nos hace estar acompañados no son las personas. Mucha veces la radio o un buen libro me ha dado mejor compañía. Es un sentimiento, como, que se yo, ser seguidor de un equipo de fútbol. Y claro está, no siempre el equipo de uno gana. El egoismo razonado me domina, y contra eso es muy difícil luchar. No soy de los que llaman cada tres horas para ver si mi amada me echa de menos. Supongo que porque tampoco me gusta que me llamen cada tres horas. A lo mejor es que cuando tengo pareja, la soledad se convierte en  mi amante. Con todas sus ventajas y sin los gastos extraordinarios, sin hotel del extrarradio, sin condones, velas ni bombones. A lo mejor la felicidad está en las líneas de una novela histórica bajo el sol del paraíso. A lo mejor. 

martes, 28 de marzo de 2017

Aquí cada cual cuenta su historia





Aquí, cada cual cuenta su historia. Es demasiado temprano y el cielo está demasiado gris para mis sueños. Busco tu cuerpo y no lo encuentro: Te levantaste temprano y no sentí ni el beso de despedida. Recuerdo unas horas atrás, cuando pasaste tus dedos por todas las cicatrices de mi cuerpo, contándolas y preguntándome la historia de cada una de ellas. Quizás por eso huiste de mí al amanecer, porque te parecieron demasiado tristes y porque, con cada relato, te estaba descubriendo parte de mí. Un alma atormentada por la guerra de la vida, por la sinrazón de los corazones rotos. Supongo que te entró miedo. Quizás vuelvas a mi cama más tarde, por la ceguera que produce el amor, para que podamos volver a hablar en voz queda, con el susurro del deseo apoderándose de nuestros cuerpos, donde cada uno de tus movimientos se convierte en felicidad máxima. Pero aquí, cada cual cuenta su historia. Me fuí temprano con los ojos cerrados y sin ganas de moverme de tu lado. Sé que no despertaste con mi beso de despedida ni con mis caricias. Verás, me resulta difícil amarte, tus historias parecen repetirse con demasiada frecuencia, y yo me prometí ser feliz. Volveré a tu lado por la profunda atracción que siento por tí, pero soy un amasijo de desastres que quizás me hagan más humana, pero también más vulnerable. Y no puedo sino desconfiar. Mi inseguridad me da miedo. Tu seguridad me da pánico. Pareces tener todo bajo control, a pesar de lo vivido, y yo siento diariamente que ando sobre un puente de tablas atadas con cuerdas, con un abismo como fondo, víctima de un vértigo constante. Con la duda como compañera en todo momento y con la cabeza sin parar de pensar. Por eso voy a volver: Porque la única manera de olvidarme de todo es verme envuelta en tus abrazados, engullida por tus besos. Quizás esa calma sea lo que llaman felicidad. 

viernes, 17 de marzo de 2017

Perdí el amor que no me diste





Recuerdo: Todo era nuevo. El estar solos en una casa. El pasear desnudos. El disco con las canciones de Mecano. La enciclopedia sobre Andalucía de tus padres en ese pasillo estrecho, lleno de estanterías. Tus palabras, sonidos imperceptibles porque lo único que me importaba era tu cuerpo. No nos amábamos. O quizás sí. Nunca lo tuve claro y mejor que sea así. Eras egoísta. Sólo respondías al placer dado. El que me ofrecías en cines de medianoche mientras veíamos películas de serie B, con la excusa de tener que comprobar si todo me funcionaba correctamente. Me hablabas de un futuro inmediato como si fueras pura contradicción, desde tu atalaya, con la prepotencia de tu edad. Y yo sólo quería besarte, sólo quería hacerte el amor, mientras tu te preocupabas de hacer planes de futuro que a esa edad no me importaban lo más mínimo. Como siempre, las mujeres vais por delante, con esa inteligencia emocional que los hombres empezamos a tener en torno a los treinta. Con llegada la primavera, viste que no me podías cambiar y me dejaste como un muñeco roto. Te cansaste de probarme modelitos, de afirmar que los trajes me sentaban estupendamente. Todo envuelto en una mentira: Yo era el otro, el que te hacía disfrutar en la cama, mientras tu verdadero novio, el futuro empresario de éxito, el niño de papá, el aburrido, te acompañaba a los eventos sociales. Sólo me dejabas cogerte de la mano de madrugada, en calles perdidas por donde nunca pasa nadie. Tu belleza era mi maldición, como el no responder a mis te quieros. La oscuridad y el frío fue una constante, en un invierno que no terminaba, hasta que florecieron los almendros. Y Aquel castillo de naipes se derrumbó. Aquella mirada perdida, aquellas conversaciones que siempre terminaban en un "vámonos", en una huida. Años después nos cruzamos por la calle. Una ciudad tan grande, y sin embargo, tan pequeña. Llevabas un carrito. Les reías las bromas a un grupo de amigos. De repente, me miraste y el tiempo se paró una eternidad. Tus ojos expresaron toda la desdicha del mundo. Y es que para ser libre hay que querer huir de la jaula de oro del aburrimiento y de la normalidad. Añadir un punto de locura. Yo quizás perdí el amor que no me diste, pero tu caminaste por el camino de la tristeza y mandaste construir un adosado. 

martes, 28 de febrero de 2017

Cruce de miradas




Y ahí está de nuevo. Ese maldito cruce de miradas cada mañana. Y me digo a mi mismo, eres científico, puedes superarlo esta vez. Es simplemente oxitocina liberándose. Dopamina y serotonina que se libera y tu mente retiene. Odio la dependencia emocional. Odio las fantasías que surgen en mi cabeza cada vez que te miro. Y sin embargo, están ahí, distrayéndome. Y por química termino llamándote un viernes por la noche diciéndote que me he enamorado como un gilipollas. Lo que siempre te dicen los amigos que no digas jamás a una mujer. Mientras tú, al otro lado de la línea respondes distraida, distante, defensiva, desoyendo mis palabras. Te pregunto si puedo ir a verte, porque no aguanto más. No aguanto más chillidos de la otra, mi decisión equivocada. La otra, que llevo meses sin tocar. La otra, pidiéndome amor a gritos, cuando yo quiero mimos entre susurros. Me dices que estoy loco, pero accedes. Y los diez minutos que tardo en llegar se me hacen horas, porque el amor es una maldición que ralentiza el tiempo en las ausencias. Nervioso como un adolescente, no sé que hacer cuando me abres la puerta. Tú me miras con tu sonrisa de siempre, la que hace feliz a todo aquel que te mira. Y me hundes aún más en la miseria cuando comienzas a quitarme la camisa. Has encerrado el perro y ladra nervioso. Hacemos el amor sobre el sofá del salón, improvisando movimientos y caricias. Yo no me esperaba que... Soy ya mayorcita y no estoy para tonterías, me respondes.  Y me diriges, que para eso eres jefa de equipo, y tu cuerpo la hoja de cálculo a rellenar. Pero que haces, déjate de tonterías y métemela ya. Y la vida vuelve a tener sentido por ser ella un cuerpo nuevo, porque en el fondo somos adictos a la novedad. Ese nerviosismo de follar nada más verse sólo existe al principio, y hay que alargarlo lo máximo posible. Tan maravilloso como dormir de día y despertarse a la hora de comer para coger fuerzas. Me despierto y estás tumbada en el jardín, jugando con el perro, vestida con la ropa justa pero desnuda a mis ojos. Me gritas buenos días dormilón, y yo no sé donde estoy, ni quien soy, ni que estoy haciendo. Sólo recuerdo un cruce de miradas que acabaron un capítulo de mi vida y empezaron otro. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Fábula: La emoción y la Razón




Cuando te conocí, el mundo me comenzó a dar vueltas, como si toda mi vida hubiera sido un abstemio de emociones y, de repente, decidiera emborracharme en una tarde. Intenté razonar y tu belleza me cegó, fui incapaz de pensar. Y sucedió lo que ninguno de los dos deseábamos pero nuestros cuerpos anhelaban: La emoción se folló a la razón y cuando llegó al orgasmo, prosiguió su búsqueda, como si de un guión se tratara. Una búsqueda sin fin en sí mismo, sabedora que, de tenerlo, dejaría de existir. La razón no entendió el porqué de aquello, así que decidió ir tras ella. Cabalgó día y noche sin descanso por los campos del olvido, del dolor y después, del odio. Fue ahí cuando se encontró conmigo, en el borde del abismo, y le avisé: No sigas, después del odio ya no hay más mundo, date la vuelta. Después de esta línea sólo hay dragones, se llevarán tu alma y nunca volverás a ser feliz. ¿Y la emoción? La emoción había vuelto a la casilla de salida, nunca había estado donde la razón la buscaba. Lista y pizpireta, no estaba en el frío invierno que casi mata a la razón, ni tampoco en el abrasador desierto. Y es que la razón tendrá más conocimientos, pero la emoción sabe de supervivencia. Así fue como comencé a dudar de cada palabra que pronunciaste, de tus múltiples promesas, las falsas, las de placer, las de debajo de las sábanas. Y justo en aquel momento de lucha interior apareciste caminando hacia mí. Vi tu sonrisa, tu mano agitada a modo de saludo, y una sola frase salió disparada de mis labios: "Perdona, se me han atragantado las hipocresías". Después salí corriendo calle arriba. Porque el amor es más que emoción, más que razón. El amor, generalmente, es una putada. 


jueves, 16 de febrero de 2017

No tengo por qué pedirte perdón




Amo a otra mujer. No tengo por qué pedirte perdón. Disfruté de tus besos y luego emprendí la huida. Tu no me quisiste dar tu amor y a mí me daba miedo esa palabra. Siempre dudamos cuando nos aman, como si fuera una pregunta constante. Tratamos de protegernos, de no sentir, y esa cerrazón produce más dolor que el propio sentimiento. Yo aprendí a encontrar tiempo para tí y para tus locuras. Tú pasabas tanto tiempo buscándote a ti misma que no conseguías encontrarme nunca. Trabajar, visitar a tu familia, ver a tus amigos: Hacías tantas cosas que no pienso pedirte perdón. Y sabías mi regla: No preparo desayunos y no tengo amistades femeninas, mucho menos post coitum. La mantequilla es para untar en el pan, los cuerpos son como rebanadas. Y los sandwiches, una delicia. Quien le dice que no a un sandwich. Que no. Que no me convencen tus excusas. Yo amo a otra mujer, no me digas que no lo sabías. Con tu sexto sentido, seguro que te diste cuenta. Un buen día comenzamos a hacer el amor de manera mecánica y nuestros cuerpos parecían estar a kilómetros de distancia. Comenzaste a mentirme en tonterías sin importancia, quedabas con tus amistades a escondidas, como si sintieras vergüenza por mi presencia. Y entonces surgió mi desánimo, se apoderó de mí el sentimiento. Fue algo que no busqué y que no pude evitar. Amo a otra mujer, a la mujer que solías ser.

lunes, 30 de enero de 2017

La vida se nos va



La vida se nos va entre suspiros no dados y afectos no recibidos. No quiero que me empujes por el codo para hacerme avanzar, como si fuese un famoso en horas bajas. Quiero que agarres mi mano con fuerza, como si te fueras a caer por un precipicio y yo fuera tu única salvación. Y si no sientes eso cada vez que me acaricias, es mejor que no me acompañes, porque mi vida es una aventura de alegrías, desdichas e imágenes únicas, de esas que no aparecen en las postales. Amo con tanta claridad como pasión, sin preguntas. Y lo sabrás, pues mis ojos no mienten. Quizás, no sé, no soy siempre buena persona. No creo en las personas buenas o malas, sino en los momentos buenos o malos. Y si no me crees, mira mi cuerpo: Está lleno de cicatrices por amor ¿Crees que quiero más? No. Yo ansío el descanso del guerrero. La paz del sexo, una casa en orden. Lo que ninguna mujer me supo dar. Todas buscaban complejidad, de la cual gusto en debates filosóficos, matemáticos, en las fórmulas químicas, pero no en la vida. Todas pasaban tanto tiempo buscándose a sí mismas que descuidaban las artes amatorias, extrañándose luego por mi huida. Que maravilla sería amor mío vivir todos los días la vida de manera sencilla, alimentarse de manera sencilla, hacer el amor de manera sucia. Con momentos que no seríamos capaces de contar ni apuntados con una pistola. Que mi lengua, como extensión de mi cuerpo te traslade a otra dimensión una y otra vez en un día malo. Que no deseemos salir de la cama en un día bueno. Que cada conversación resulte más interesante que la anterior, hasta que nos comuniquemos sin usar las palabras, tapándote los ojos para que tu placer sea infinito, para que la inmensidad de tu felicidad no se escape en forma de lágrimas.