Despertaba en una gasolinera con restaurante en medio de la nada, desorientado, con frío y hambre. Siempre he adorado aquellos lugares de desayuno donde nunca volver, con esa atmósfera de la España profunda: El ruido de la máquina de café, el murmullo de voces que nunca cesan, los niños corriendo entre las mesas. Desayunos o almuerzos ruleta que sólo sucedían en aquellos lugares mágicos, siempre en lo alto de una colina, mirando la autopista desde arriba: Un pincho de tortilla, un pepito de ternera o un bocadillo de lomo con queso.
Con los ojos medio cerrados adivinaba que salíamos de Madrid por la Avenida de Andalucía, donde estaban las siderúrgicas trabajando de noche y saltaban las chispas. después, cuando llegábamos a Toledo el bólido parecía volar, por las subidas y bajadas de la carretera. Por las curvas sabía que estábamos en Despeñaperros, y de repente el olor a almazara evocaba churros. Decían que los mejores eran los de la gran churrería de Mengibar o en Bailén. La primera se halla en un bulevar lleno de naranjos, la segunda en una zona de descanso que parecía salida de una película americana.