jueves, 16 de abril de 2026

Viajes Nocturnos

Me despertaban de madrugada y como un zombie me metían en el bólido -Que es como mi padre llamaba al Opel Kaddett- No había sillas, cinturones o sujeción alguna: Me tumbaba atrás mientras medio dormido intentaba adivinar por dónde íbamos. Había dos formas de adivinarlo: Una era las sensaciones de la carretera, otra la canción y la cinta que iba sonando -la que evitaba que mi padre se durmiera y acabáramos como otros diez mil cristianos en un lateral de la carretera- La primera era una cinta blanca con una manzana en el lateral: Que noche la de aquel día de los Beatles, seguido por las rancheras de Pedro Infante, de nuevo otra cinta blanca y azul de Carlos Gardel. Aún recuerdo la portada, su cara y su sombrero. Eso cubría aproximadamente el primer tramo del viaje. Seguía con el disco azul de los Beatles, otra cinta de Cristina y los Stop. 

Despertaba en una gasolinera con restaurante en medio de la nada, desorientado, con frío y hambre. Siempre he adorado aquellos lugares de desayuno donde nunca volver, con esa atmósfera de la España profunda: El ruido de la máquina de café, el murmullo de voces que nunca cesan, los niños corriendo entre las mesas. Desayunos o almuerzos ruleta que sólo sucedían en aquellos lugares mágicos, siempre en lo alto de una colina, mirando la autopista desde arriba: Un pincho de tortilla, un pepito de ternera o un bocadillo de lomo con queso.

Con los ojos medio cerrados adivinaba que salíamos de Madrid por la Avenida de Andalucía, donde estaban las siderúrgicas trabajando de noche y saltaban las chispas. después, cuando llegábamos a Toledo el bólido parecía volar, por las subidas y bajadas de la carretera. Por las curvas sabía que estábamos en Despeñaperros, y de repente el olor a almazara evocaba churros. Decían que los mejores eran los de la gran churrería de Mengibar o en Bailén. La primera se halla en un bulevar lleno de naranjos, la segunda en una zona de descanso que parecía salida de una película americana.