La casa de mis abuelos se hallaba sobre un antiguo terreno agrícola. La vivienda principal se había construido en una noche, a medio camino de la Base Americana de Rota. El bosquejo de construcción había sido realizado sobre papel Galgo por mi abuela. La puerta principal daba a la antigua carretera de Sanlúcar De Barrameda, la de detrás a un camino. Como mi abuela plantó Petunias, limoneros y geranios en la parte de atrás -pues daba todo el día el Sol- Obligó a mi abuelo a mantener al caballo en el lado de aquella primitiva carretera, lo cual provocaba el nerviosismo del animal cuando pasaba algún vehículo, sobre todo convoys militares. Antonio iba todas las mañanas a trabajar de frigorista a la Base militar, seis kilómetros a trote sobre aquel lusitano que suponían su mejor momento del día. Había un montículo antes de girar a la izquierda desde donde aún hoy se divisan los aviones y barcos a lo lejos entre la niebla de la comarca de la Janda. Aquel era el lugar y el instante donde los recuerdos se agolpaban, sin sentido. Apareciendo en su mente como un fantasma con asuntos pendientes.
Habían acabado las clases en el colegio de Jun, una pequeña pedanía de Granada de menos de quinientos habitantes. Antonio conocía casi todos: Desde el párroco de la iglesia de la concepción hasta el profesor de la escuela pasando por la pareja de guardia civiles que paseaban por el pueblo. Un fotógrafo había llamado a su puerta días antes para entregar la foto del colegio, donde se podía distinguir a aquel mozalbete rubio de ojos azules, más bien delgaducho, con mirada desafiante, más alto que otros niños. En ese pueblo vivían desde hacia varias generaciones, sus abuelos, sus padres, sus primos, sus hermanos. A veces bajaban de excursión a la ciudad, a la que llegaban bajando por el camino de Sierra Nevada en un periquete. En la Alameda montaban un pequeño Carrusel y una máquina de helados que eran la delicia de grandes y pequeños.
Aquel sábado era distinto. Se escuchaban voces de preocupación, las mujeres lloraban desconsoladas. Un periódico era leído en alto mientras varios escuchaban, preocupados. De repente pasó un camión militar, del cual bajó un señor -gigante a sus ojos- Se presentó como Maroto, venía de Alicante. Se subió encima de un banco de la Alameda y comenzó a dar voces llamando a las armas para salvar la República. Varios de sus ayudantes comenzaron a repartir pistolas y escopetas.
Antonio no sabía quien era la República, ni de que la tenían que salvar, pero sus padres sí debían saberlo, porque decidieron volver antes de lo previsto. Echaron a correr con los niños y no pararon hasta llegar al camino de Sierra Nevada, a tres kilómetros del pueblo. A lo lejos se comenzaron a escuchar disparos. Llegaron a casa callados, preocupados, compungidos, con esa congoja que presiona el alma y dificulta respirar. Su madre sujetó un Rosario y rezaba nerviosa. Durmieron todos juntos en la misma habitación, abrazados.
Despertó a la mañana siguiente entre gritos y ladridos de perro. Su madre le susurro: "Antoñito, hijoh, tieneh que ihte" y le abrazó y besó la cabeza. Le había preparado una bolsa de tela con algo de comida. Era el niño "De sus reaños", como ella le llamaba.
Antoñito soltó un "¡Ojú!" y se fue llorando, corriendo camino de casa de sus primos montaña arriba. Era algo más de una hora andando en pleno julio. A la media hora, por el miedo le fallaban sus esqueléticas piernas y le entró hambre. El mendrugo de pan, áspero y del día anterior, se le atragantó. La cuesta arriba no ayudaba. De repente, apareció un camión bajando la curva, frenó en seco, se bajaron dos hombres uniformados y armados, le golpearon en el pecho sin mediar palabra y le metieron en el camión. Cerró los ojos.